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88.000 euros por estar un año entero sin usar tu smartphone

desconectar

Los escenarios navideños son una de las pruebas irrefutables de nuestra dependencia hacia los smartphone. Una época llena de reencuentros que, no obstante, suele padecer de una recurrente y triste fotografía: todos más atentos a las stories de Instagram o a las conversaciones semivacías de Whatsapp que a las personas que realmente tenemos cerca. Somos polillas revoloteando sin dominio alrededor de la luz, aunque todos sintamos que manda nuestra voluntad. Ah, que en tu caso sí, ¿no? ¿Y estarías dispuesto a renunciar a tu smartphone todo un año a cambio de 100.000 dólares?

Vitaminewater, una empresa propiedad de The Coca-Cola Company, ha lanzado este desafío que nos obliga a mirarnos al espejo, teléfono en mano, y preguntarnos hasta qué punto tenemos el control en nuestra relación con los smartphone. 365 días con los bolsillos huérfanos de notificaciones. 365 días sin scrolling chupa-almas para camuflar nuestra incapacidad de soportar el aburrimiento. 365 días, con sus 365 noches, sin retransmitir nuestra vida en las redes sociales. En otras palabras: un retorno a ese pasado donde llevábamos menos soluciones encima, pero también más tranquilidad.

Aunque el desafío no exige convertirse en un ermitaño desconectado por completo del mundo. La valiente persona-cobaya que lo encarará, seleccionada tras un concurso en las redes sociales entre personas residentes en Estados Unidos, podrá utilizar un teléfono móvil de 1996 para mantenerse conectado, así como un ordenador que le permita seguir sintiéndose miembro de esta hiperconectada sociedad del siglo XXI. El premio, nada desdeñable, serán 100.000 dólares, unos 88.000 euros. Y unos 10.000 euros si cae en combate ante la ansiedad ‘smartphonefílica’ y abandona el desafío habiendo cumplido al menos medio año.

Pero aún así, con tanto dinero de por medio y tanta consecuencia para la salud mental, dudaríamos mucho antes de lanzarnos a un desafío privativo como este. La razón, como ya explicamos, es que hay un mecanismo psicólogico respirando tras nuestra obsesión por tener el móvil entre las manos: el condicionamiento clásico, que ha cristalizado una relación directa entre el sonido de las notificaciones y ciertas sensaciones positivas, obligándonos a comprobal el móvil cuando suenan. No somos tan libres como pensamos. Y quizá un desafío así, aunque fuese por una semana, nos abriría los ojos.

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